Óleo sobre lienzo
90 x 75
Diciembre, 2015.
Isla de Lesbos. Monasterio ortodoxo. Un bidón azul con flores de nombre desconocido para mí. Me llamó la atención su colorido y composición. Los colores de sus pétalos, puros y matizados; el distinto estadío en el que cada una de las flores se encontraba; sus miradas, cada una hacia sitios diferentes pero en el mismo suelo; de carácter recogido unas y abiertas, otras. Llenas de luces y de oscuridades, de alegría y de lado oscuro. En el background o en primera plana, allí estaban llamando la atención al objetivo de mi cámara.
Muchos verán otro cuadro de flores, raras, pero flores; otros sentirán tristeza porque desde la pérdida, verán crisantemos; hay quien sentirá la luz y la alegría, hay quien no sentirá nada... A mí me trasmite fuerza y energía, mucha vitalidad, sensibilidad, equilibrio y contraste también.
Este cuadro ha ido surgiendo poco a poco desde un proceso de introspección, un proceso de análisis, en el que no he estado sóla. Cada semana hemos visto cómo se gestaba, comentando a nivel pictórico y emocional su evolución. Sin darme cuenta, he volcado en él, mucho de mí misma. Hay en él muchas emociones vertidas y sin embargo, mi cabeza está ahí también. Y al darlo por acabado y dejarlo en el suelo mientras recogía pinturas y caballetes, lo vi por primera vez. Entonces ocurrió que, desde el conocimiento que llega desde lo más profundo, vi lo que había pintado y le puse nombre. Hasta entonces, no fui consciente.

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